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Especial Zafón | Citas para recordar “El prisionero del cielo” de Carlos Ruiz Zafón

— A veces se cansa uno de huir —dijo—. El mundo es muy pequeño cuando no se tiene adónde ir.

— Quién más quién menos ha perdido a alguien, del bando que sea.
— Yo no soy de ningún bando —repuso—. Es más, las banderas me parecen trapos de colores que huelen a rancio y me basta ver a cualquiera que se envuelva en ellas y se le llene la boca de himnos, escudos y discursos para que me entren cagarrinas. Siempre he pensado que el que siente mucho apego a un rebaño es que tiene algo de borrego.

— ¿Por qué cree que su padre nunca le habló de la guerra? ¿Acaso cree que él no se imagina lo que pasó?
— Si es así, ¿por qué se calló? ¿Por qué no hizo nada?
— Por usted. Su padre, al igual que mucha gente a la que le tocó vivir aquellos años se lo tragaron todo y se callaron. Porque no tuvieron más narices. De todos los bandos y de todos los colores. Se los cruza usted por la calle todos los días y ni los ve. Se han podrido en vida todos estos años con ese dolor dentro para que usted y otros como usted pudiesen vivir. No se le ocurra juzgar a su padre. No tiene usted derecho.

Mientras el profesor liquidaba la cuenta, me miró de reojo.
—¿Por qué siempre me parece que de la misa me cuenta usted no ya la media, sino un cuarto?
—Algún día le contaré el resto, profesor. Se lo prometo.
—Más le vale, porque las ciudades no tienen memoria y les hace falta alguien como yo, un sabio nada despistado, para mantenerla viva.
—Éste es el trato: usted me ayuda a solucionarlo y yo, algún día, le contaré algunas cosas que Barcelona preferiría olvidar. Para su historia secreta.

Con tiempo y buenas influencias, si uno había de creer lo que decían los diarios (extremo que Fermín comparaba a creer que el TriNaranjus se obtenía exprimiendo naranjas frescas de Valencia), había visto cristalizar sus anhelos y se había convertido en una estrella rutilante en el firmamento de la España de las artes y las letras.

Y ya sé que lo que se dice guapo, pues no es. Pero yo lo veo guapo y bueno. Y muy hombre. Y al final eso es lo que cuenta, que sea bueno y que sea de verdad. Y que te puedas agarrar a él una noche de invierno y te quite el frío del cuerpo.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Reseña: El Palacio de Medianoche, de Carlos Ruiz Zafón

Título: El Palacio de Medianoche

Autor: Carlos Ruiz Zafón

Páginas: 283

Editorial: Planeta

Precio: 17 €

Un gran enigma en Calcuta. En la Calcuta de 1932, un tren en llamas atraviesa la ciudad, y el círculo de amigos de Ben ySheere debe enfrentarse al más terrible y mortífero enigma de la ciudad de los palacios; una aventura, El Palacio de la Medianoche, que va a cambiar sus propias vidas.

“El palacio de la medianoche” es la segunda de las novelas de Carlos Ruiz Zafón. En esta ocasión, nos traslada hasta la ciudad de los “mil Palacios”, Calcuta en la India. Nos lleva hasta allí para hacernos partícipes de la vida de unos jóvenes que conviven y han creado su propio club secreto. Son siete amigos que han prometido cuidarse entre sí y buscar la manera de facilitarse el paso a su nueva etapa. Se han criado en un orfanato, pero ya están a punto de cumplir la mayoría de edad, edad en la que empiezan su vida en solitario y sin ayuda.
En este contexto, Carlos Ruiz Zafón crea una de sus historias. El escenario nos pone fácil imaginar que todo lo que sucede es real. La magia y el misterio vuelven a definir una parte importante de la prosa. Los personajes no están muy desarrollados, pero los iremos conociendo por sus acciones.
Esta obra es un paso más en la carrera de Zafón, nos permite ver como sigue desarrollando su literatura explorando aquellas características que le definirán. Volvemos a ver a un malo y a otros que intentan que no haya consecuencias por sus acciones. Podemos ver una evolución respecto “El príncipe de la niebla” con una historia más desarrollada y más actores aunque muy pocos escenarios. En cuanto al narrador, varía entre la primera y la tercera persona, con algunas muestras de género epistolar. 
Está encuadrada dentro del género de la literatura juvenil. Es un libro apto para todas los públicos porque muestra valores reseñables como la amistad o la importancia de sentirse en familia, donde quiera que creemos esta. Se ha incluido dentro de lo que se ha denominado “Trilogía de la niebla”, aunque no fue concebida como tal. Eran novelas independientes que en algún momento se decidieron unir por sus similitudes.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Citas para recordar “El juego del ángel” de Carlos Ruiz Zafón

Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.

– La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro, y en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo solo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus trapaceros intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes por el mero hecho de existir y de ser quienes sin, ponen en evidencia su pobreza de espíritu, mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá.

Unas Navidades, Sempere me hizo el mejor regalo que he recibido en toda mi vida. Era un tomo viejo, leído y vivido a fondo.
– “Grandes esperanzas, de Carlos Dickens…” –leí en la portada.
Me constaba que Sempere conocía a algunos escritores que frecuentaban su establecimiento y, por el cariño con el que manejaba aquel tomo, pensé que a lo mejor el tal tal don Carlos era uno de ellos.
– ¿Amigo suyo?
– De toda la vida. Y a partir de hoy tuyo también.

– Nunca subestimes la vanidad de un escritor, especialmente la de un escritor mediocre –replicaba yo.

Aquella misma noche subí al estudio de la torre y me senté frente a la máquina de escribir aunque sabía que estaba seco. Las ventanas estaban abiertas de par en par, pero Barcelona ya no quería contarme nada y fue incapaz de completar una sola página. Cuánto era capaz de conjurar me parecía banal y hueco. Me bastaba releerlas para comprender que mis palabras apenas valían la tinta en la que estaban impresas. Ya no era capaz de oír la música que desprende un pedazo decente de prosa. Poco a poco, como un veneno lento y placentero, las palabras de Andreas Corelli empezaron a gotear en mi pensamiento.

– No podrás perdonarme nunca. Preferí pasar las páginas a mirarla a los ojos.
– No tengo nada que perdonar.
– Mírame, David. Cerré el álbum e hizo lo que me pedía.
– Es mentira –dijo–. Sí que me daba cuenta. Me daba cuenta todos los días, pero creía que no tenía derecho.
– ¿Por qué?
– Porque nuestras vidas no nos pertenecen. Ni la mía, ni la de mi padre, ni la tuya… 

– ¿Qué esperabas? No eres uno de ellos. No lo serás nunca. No has querido serlo, y crees que te lo van a perdonar. Te encierras en un caserón y te crees que puedes sobrevivir sin unirte al coro de monaguillos y ponerte el uniforme. Pues te equivocas, David. Te has equivocado siempre. El juego no va así. Si quieres jugar en solitario, haz las maletas y vete a algún sitio donde puedas ser el dueño de tu destino, si es que existe. Pero si te quedas aquí, más te vale apuntarte a una parroquia, a la que sea. Es así de siempre.

– Como en literatura o en cualquier acto de comunicación, lo que le confiere efectividad es la forma y no el contenido –continuó.

– ¿Quiere usted vivir?
Quise responder pero no encontré palabras. Me di cuenta de que se me hacía un nudo en la garganta y los ojos se me llenaban de lágrimas. No había comprendido hasta entonces lo mucho que ansiaba seguir respirando, seguir abriendo los ojos cada mañana y salir a la calle para pisar las piedras y ver el cielo y, sobre todo, seguir recordando.

– Yo no sé si tengo talento. Sólo sé que me gusta escribir. O, mejor dicho, que necesito escribir.
– Mentirosa. Levantó la mirada y me miró con dureza.
 – Muy bien. Tengo talento. Y me importa un comino si usted piensa que lo tengo o no.

– ¿Sabe usted lo mejor de los corazones rotos? –preguntó la bibliotecaria.
Negué.
– Que sólo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños.

– Quiero que me haga usted creer.
– Pensaba que éramos profesionales y no podíamos cometer el pecado de creer en nada. Sonrió, enseñando los dientes.
– Sólo se puede convertir a un pecador, nunca a un santo.

– No hace falta que se enfade. es que me falta inspiración.
– La inspiración acude cuando se pegan los codos a la mesa, el culo a la silla y se empieza a sudar. Elige un tema, una idea y exprímete el cerebro hasta que te duela. Eso se llama inspiración.

Uno de los primeros recursos propios del escritor profesional que había aprendido de mí era el arte de procrastinar. Todo veterano del oficio sabe que cualquier ocupación, desde afilar el lápiz hasta catalogar musarañas, tiene prioridad al acto de sentarse en la mesa y exprimir el cerebro. Isabella había absorbido por ósmosis esta lección fundamental y al llegar a casa, en vez de encontrarla en su escritorio, la sorprendí en la cocina afinando los últimos toques a una cena que olía y lucía como si su elaboración hubiera sido cuestión de varias horas.

Mi primer impulso había sido prenderle fuego, pero no tuve el valor. Toda mi vida había sentido que las páginas que iba dejando a mi paso eran parte de mí. La gente normal trae hijos al mundo; los novelistas traemos libros. Estamos condenados a dejarnos la vida en ellos, aunque casi nunca lo agradezcan. Estamos condenados a morir en sus páginas y a veces hasta a dejar que sean ellos quienes acaben por quitarnos la vida. Entre todas las extrañas criaturas de papel y tinta que había traído a este miserable mundo, aquella, mi ofrenda merece aria a las promesas del patrón, era sin duda la más grotesca. No había nada en aquellas páginas que mereciesen tira cosa que el fuego y, sin embargo, no dejaba de ser la sangre de mi sangre y no tenía el coraje de destruirla.

– ¿Puedo leerlo? –preguntó al fin.
– No.
– ¿Por qué no?
– Es un borrador y no tiene ni pies ni cabeza. Es un montón de ideas y notas, fragmentos sueltos. Nada que sea legible. Te aburriría.
– Igualmente me gustaría leerlo.
– ¿Por qué?
– Porque lo has escrito tú. Pedro dice siempre que la única manera de conocer realmente a un escritor es a través de conocer realmente a un escritor es a través del rastro de tinta que va dejando, que la persona que uno cree ver no es más que un personaje hueco y que la verdad se esconde siempre en la ficción.

– Es sólo un sueño –dije.
– Parecería real.
– A lo mejor tendrías que escribir esa historia –aventuré.
– He estado dándole vueltas a eso. Y he decidido que prefiero vivir la vida, no escribirla. No se lo tome a mal.

– Estaba convencido de que se había traicionado a sí mismo y a quienes lo querían. Creía que había entregado su vida a un camino de maldad y falsedad. Mi madre pensó que eso no le hacía diferente de la mayoría de los hombres que se detienen en algún momento de su vida a mirarse al espejo. Son las alimañas mezquinas quienes siempre se sienten virtuosas y miran al resto del mundo por encima del hombro.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Reseña: El Prisionero del Cielo, de Carlos Ruiz Zafón

Título: El Prisionero del Cielo

Autor: Carlos Ruiz Zafón

Páginas: 384

Editorial: Planeta

Precio: 21 €

Saga: El Cementerio de los Libros Olvidados 3/4

Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas. Justo cuando todo empezaba a sonreírles, un inquietante personaje visita la librería de Sempere y amenaza con desvelar un terrible secreto que lleva enterrado dos décadas en la oscura memoria de la ciudad. Al conocer la verdad, Daniel comprenderá que su destino le arrastra inexorablemente a enfrentarse con la mayor de las sombras: la que está creciendo en su interior.

“El prisionero del cielo” es la tercera parte de la tetralogía de Carlos Ruiz Zafón, El Cementerio de los Libros Olvidados. Retrocedemos en el tiempo para conocer mejor a uno de los acompañantes más carismáticos de Daniel Sempere.
Como se indica en todos los libros de la colección, El prisionero del cielo se puede leer de forma individual. Se puede, pero no es lo mismo. No se disfruta de la misma manera, si no conoces que es lo que ha llevado hasta ahí y la relación que lo pasado tiene en el presente narrativo de “La Sombra del viento” y “El juego del Ángel”.
Es una novela imprescindible para entender algunas de las claves de otros personajes importantes y su relación, así como para entender su evolución. Nos encontramos con los elementos recurrentes de la bibliografía de Zafón. El misterio y los ángeles de alguna forma u otra siempre están presentes.
La ciudad de los malditos, la Barcelona de Zafón (presente ya en Marina y ahora en esta tetralogía), adquiere esa dimensión oscura y bella en la que la fantasía se vuelve realidad y de la que es imposible escapar. Ninguno de los personajes puede alejarse de ella ni tampoco lo desean. Todos los que lo han hecho, por un motivo u otro, acaban regresando (que se lo digan a J.C.).
Como decía, muchos hilos quedan cerrados, pero se abren otros tantos. Se acerca el desenlace de El laberinto de los espíritus (última entrega de la saga) y se palpa en la obra. Todo nos prepara para lo que puede pasar en ese cierre de la saga. Una vez la terminé solo deseé que la publicación llegará pronto -cuando la releí aún no se había publicado-.
Igual que con las anteriores era la segunda vez que la leía. El paso del tiempo, una vez más, me dio la oportunidad de devorarla como la primera vez. No hay nada mejor que volver a leer un libro que en su momento te encantó y sentir todo de nuevo. Las páginas vuelan y antes de que te des cuenta ya lo has terminado. Da pena separarse de la historia, pero queda el consuelo de que aún queda un último libro. Y la certeza de que dentro de unos años volveré a vivir la historia otra vez como la primera vez.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Citas para recordar “La Sombra del Viento”

– Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie -advirtió mi padre. Ni tu amigo Tomás. A nadie.
 – ¿Ni siquiera a mamá? –inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
 – Claro que sí –respondió cabizbajo–. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.

Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de la habitación las incidencia de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día… 

– Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. […] En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves ha sido el mejor amigo de alguien.

En una ocasión oí comentar a un cliente habitual en la librería de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. Aquellas primeras imágenes, el eco de esas palabras que creemos haber dejado atrás, nos acompañan toda la vida y esculpen un palacio en nuestra memoria al que, tarde o temprano –no importan cuántos libros leamos, cuántos mundos descubramos, cuánto aprendamos u olvidemos–, vamos a regresar. Para mí, esas páginas embrujadas siempre serán las que encontré en el Cementerio de los Libros Olvidados.

– ¿Qué edad tiene el mozalbete? –inquirió Barceló, mirándome de reojo.
– Casi once años –declaré.
Barceló me sonrió, socarrón.
– O sea, diez. No te pongas años de más, sabandijilla, que ya te los pondrá la vida.

– Nunca te fíes de nadie especialmente de la gente a la que admiras. Esos son los que te pegarán las peores puñaladas.

– Jamás me había sentido atrapada, seducida y envuelta por una historia como la que narraba aquel libro –explicó–. Hasta entonces para mí las lecturas eran una obligación, una especie de multa a pagar a maestros y tutores sin saber muy bien para qué. No conocía el placer de leer, de explorar puertas que te abren el alma, de abandonarse a la imaginación, a la belleza y al misterio de la ficción y del lenguaje. Todo eso para mí nació con esa novela. ¿Has besado alguna vez a una chica? […] Es la misma sensación, esa chispa de la primera vez que no se olvida. Éste es un mundo de sombras y la magia es un bien escaso. Aquel libro me enseñó que leer podía hacerme vivir más y más intensamente, que podía devolverme la vista que había perdido. Solo por eso aquel libro que a nadie importaba cambió mi vida.

– Usted y yo no somos amigos.
– Sí lo somos, pero tú no te has dado cuenta todavía.

– Lo tiene un tal Adrián Neri. Músico. A lo mejor le suena.
– No me suena de nada, y eso es lo peor que se puede decir de un músico.

Mientras recorría túneles y túneles de libros en la penumbra, no pude evitar que me embargase una sensación de tristeza y desaliento. No podía evitar pensar que si yo, por pura casualidad, había descubierto todo un universo en un solo libro desconocido entre la infinidad de aquella necrópolis, decenas de miles más quedarían inexplorados, olvidados para siempre. Me sentí rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.

– Ande, tenga un Sugus de limón, que lo cura todo.
– No me apetece.
– Pues se lo guarda, que nunca se sabe cuándo un Sugus le va a sacar de un apuro.

– Su amigo tiene talento, pero le falta dirección en la vida, y un poco de morro, que es lo que hace carrera –opinaba Fermín Romero de Torres–. La mente científica tiene esas cosas. […] en esta vida lo único que sienta cátedra son los prejuicios.

– Hablaba de aquello como si no le importará, como si fuese parte de un pasado que había dejado atrás, pero esas cosas nunca se olvidan. Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Citas para recordar “La Sombra del Viento” II

 – Alguien dijo una vez que en el momento en que te paras a pensar si quieres a alguien, ya has dejado de quererle para siempre –dije.
– No te ofendas, pero a veces una se siente más libre de hablarle a un extraño que a la gente que conoce. ¿Por qué será?
Me encogí de hombros.
– Probablemente porque un extraño nos ve como somos, no como quiere creer que somos.
[…]
– ¿Y cómo me ves tú a mí?
– Como un misterio.
– Ese es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
– No es un cumplido, es una amenaza.
– ¿Y eso?
– Los misterios hay que resolverlos,averiguar qué esconden.
– A lo mejor te decepcionas al ver lo que hay dentro.
– A lo mejor me sorprendo. Y tú también.
Como todas las ciudades viejas, Barcelona es una suma de ruinas. Las grandes glorias de las que se vanaglorian muchos, Palacios, factorías y monumentos, insignias con las que nos identificamos, no son más que cadáveres, reliquias de una civilización extinguida.
– ¿Es verdad que no has leído ninguno de estos libros?
– Los libros son aburridos.
– Los libros son espejos: solo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro – replicó Julián.
– La gente que no tiene vida siempre se tiene que meter en la de los demás –masculló Fermín–. ¿De qué estábamos hablando?
– De mi falta de redaños.
– Efectivamente. Un caso crónico. Hágame caso. Vaya a buscar a su chica, que la vida se pasa volando, especialmente la parte que vale la pena vivir. […] Mire,  el destino suele estar a la vuelta de la esquina. Como si fuese un chorizo, una furcia o un vendedor de lotería: sus tres encarnaciones más socorridas. Pero lo que no hace es visitas a domicilio. Hay que ir a por él.
– ¿Y quién va a vernos? ¿A quién le importa lo que hagamos?
– La gente siempre tiene ojos para lo que no le importa.
– Escribe –dijo.
– Tan pronto como llegue te escribiré – replicó.
– No. A mí no. Escribe libros. No cartas. Escríbelos por mí. Por ella. […]
– Y conserva tus sueños –dijo–. Nunca sabes cuándo te van a hacer falta.
Encontré a mi padre dormido en su butaca del comedor con una manta sobre las piernas y su libro favorito abierto en las manos, un ejemplar del Cándido de Voltaire que releía un par de veces cada año, el par de veces que le oía reírse de corazón. Le observé en silencio. Tenía el pelo cano, escaso, y la piel de su rostro había empezado a perder la firmeza alrededor de los pómulos. Contemplé a aquel hombre al que una vez había imaginado fuerte, casi invencible, y le vi frágil, vencido sin saberlo él. Vencidos a caso los dos. Me incliné para arroparle con aquella manta que hacía años que prometía donar a la beneficencia y le besé la frente como si quisiera protegerle así de los hilos invisibles que lo alejaban de mí, de aquel piso angosto y de mis recuerdos, como si creyera con aquel beso podría engañar el tiempo y convencerle de que pasara de largo, de que volviera otro día, otra vida.
– Es que me sabe mal verle con ese ánimo autoflagelatorio. Cualquiera diría que está usted al borde del cilicio. No ha hecho usted nada malo. Ya tiene la vida suficientes verdugos para que uno vaya haciendo doblete y ejerciendo de Torquemada con uno mismo.
– Quizá me quería, a su manera, como yo la quise a ella, a la mía. Pero no nos conocíamos. Quizá porque yo nunca la dejé conocerme, o nunca di un paso por conocerla a ella. Pasamos la vida como dos extraños que se han visto todos los días y se saludan por cortesía. Y pienso que quizá murió sin perdonarme. […] Aún no ha aprendido a mentir lo bastante bien para engañar a un hombre con el corazón podrido de miserias. […] Una vez me dijo que sentía haber sido una decepción para mí. Le pregunté qué de dónde había sacado aquella idea absurda. “De sus ojos, padre, de sus ojos”, dijo. Ni una vez se me ocurrió pensar que yo había sido una decepción todavía mayor para ella. A veces nos creemos que las personas son décimos de lotería: que están ahí para hacer realidad nuestras ilusiones absurdas. 
– ¿Es usted familiar suya?
Le dije que era lo más cercano a eso que el pobre hombre tenía. El médico me dijo entonces que Fortuny estaba muy enfermo, que era cuestión de meses.
– ¿Qué tiene?
– Le podría decir a usted que es el corazón, pero lo que lo mata es la soledad. Los recuerdos son peores que las balas.
Todos callamos y se esfuerzan en convencernos de que lo que hemos visto, lo que hemos hecho, lo que hemos aprendido de nosotros mismos y de los demás, es una ilusión, una pesadilla pasajera. Las guerras no tienen memoria y nadie se atreve a comprenderlas hasta que llega el momento en que no se las reconoce y regresan con otra cara y otro nombre, a devorar lo que dejaron atrás. […] La maquinaria del olvido empezó a martillear el mismo día en que se acallaron las armas. En aquellos días aprendí que nada da más miedo que un héroe que vive para contarlo, para contar lo que todos los que cayeron no podrán contar jamás. Las semanas que siguieron a la cálida de Barcelona fueron indiscriptibles. Se derramó más sangre durante aquellos días que durante los combates, sólo que en secreto y a hurtadillas. Cuando finalmente llegó La Paz, olía a esa paz que embruja las prisiones y los cementerios, una mortaja de silencio y vergüenza que se pudre sobre el alma y nunca se va. No había inocentes ni miradas blancas. Los que estuvimos allí, todos sin excepción nos llevaremos el secreto hasta la muerte.
De tanto temer, me olvidé de que me hacía mayor, de que la vida me pasaba de largo, que había sacrificado mi juventud amando a un hombre destruido, sin alma, apenas un espectro.
De todas las cosas que escribió, la que siempre he sentido más cercana es que mientas se nos recuerda, seguimos vivos.
Esta ciudad es bruja, ¿sabe usted? Se le mete a uno en la piel y le roba el alma sin que uno se dé ni cuenta.
No se ría usted, que son las personas como ella las que hacen de este perro mundo un sitio que vale la pena visitar.
– ¿Las putas?
– No. Putas lo somos todos, tarde o temprano. Yo digo la gente de buen corazón.
Siempre envía recuerdos para mí, pero sé que le perdí hace años sin remedio. Me gusta pensar que la vida nos arrebata a los amigos de la infancia porque sí, pero no siempre me lo creo.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Reseña: El Juego del Ángel, de Carlos Ruiz Zafón

Título: El Juego del Ángel

Autor: Carlos Ruiz Zafón

Páginas: 680

Editorial: Planeta

Precio: 23.90 €

Saga: El Cementerio de los Libros Olvidados 2/4

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más. Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.

Releer y releer y releer y releer el último párrafo de “El juego del Ángel” porque soy incapaz de cerrar el libro. Sin darme casi ni cuenta, vuelvo hacia atrás unas cuantas páginas y con una excusa vuelvo a releer el epílogo. De verdad, no quiero soltar este libro. Lo dejó a un lado (aunque cerca) y me dispongo a escribir esta reseña porque no puedo separarme de él aún (aunque sean las dos de la madrugada y mañana tenga clase).
Al igual que me pasó con “La sombra del viento” el paso de los años me ha permitido leer “El juego del Ángel” como si fuera la primera vez y ¡qué vez! Recordaba que había disfrutado mucho con la lectura, pero ya no qué era lo que me había hecho incluirlo en mi lista de favoritos -ahora mismo vuelve a ocupar el número 1-.
El segundo tomo vuelve a ser un canto por el amor por los libros, pero esta vez también nos muestra el lado oscuro de forma, incluso más explícita. Carlos Ruíz Zafón demuestra ser un genio de las palabras, consigue construir una historia impecable en la que, aunque parezca imposible, todo resulta creíble. He leído libros con similitudes, “mutatis mutandis”, en los que no me creía nada y todo me sonaba a tópico. Me recuerda por qué quiero dedicarme a escribir (también en clave periodística), aunque nunca llegaré a ese nivel.
En sus páginas hay muchas citas para marcar porque reflejan lo más simple y complejo de la vida de cualquier persona. Al ver el desarrollo de su personaje principal, seguimos las etapas por las que todos hemos pasado. Quizá también me guste tanto porque me siento identificada con parte de lo que sucede. Intento buscar algo negativo sobre el libro, pero por más que le doy vueltas todavía sigo presa del encantamiento. Al principio, el recuerdo de “La sombra del viento” no me permitía engancharme del todo.
A riesgo de parecer una niña pequeña enamorada, diré que no quiero ir al Cementerio de los Libros Olvidados con la oportunidad que he tenido de leer este libro por segunda vez como si fuera la primera me conformo. He leído mucho en los últimos años, y aunque he disfrutado mucho, pocos libros me han hecho sentir tanto como “El juego del Ángel”.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | De un Libro Una Reflexión: “La Sombra del Viento”, de Carlos Ruiz Zafón


«Me sentí rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.» La Sombra del Viento, Carlos Ruiz Zafón.

Vivimos rodeados de tecnología. En un dispositivo que podemos llevar siempre con nosotros podemos encontrar información de casi cualquier asunto. Aún así se critica a nuestra generación por nuestra indiferencia hacia todo. Dicen que estamos cegados por la vanidad. Prefiriendo compartir en redes sociales nuestro día a día. Presumiendo con fotografías de todo cuánto podamos. Valorando más el número de “me gusta” que vivir las experiencias. 
Se suele decir que cuanto más tenemos, más queremos. Pero, parece que se ha transformado en un cuánto más demostremos tener mejor. Da igual si es cierto o no, lo importante es que otros lo vean. Que nos envidien. Que quieran ser cómo nosotros. Cuando en realidad estamos vacíos y esa es la única forma que hemos encontrado de creer llenarlo. 
Las posibilidades hoy son inmensas. O lo serían si se aprovecharan. Las herramientas existen, solo falta que las utilicemos. Que valoremos que es lo que realmente importa. Donde está el margen entre la diversión y el olvido. Olvidamos porque es más sencillo. No requiere esfuerzo. No necesita que estudiemos nuestro pasado y veamos las consecuencias en el presente. Ignorando una de las máximas que la historia se empeña en demostrarnos “lo que no se recuerda está condenado a repetirse”.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Reseña: La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón

Título: La Sombra del Viento

Autor: Carlos Ruiz Zafón

Páginas: 526

Editorial: Planeta

Precio: 22 €

Saga: El Cementerio de los Libros Olvidados 1/4

Un amanecer de 1945, un muchacho es conducido por su padre a un misterioso lugar oculto en el corazón de la ciudad vieja: el Cementerio de los Libros Olvidados. Allí, Daniel Sempere encuentra un libro maldito que cambia el rumbo de su vida y le arrastra a un laberinto de intrigas y secretos enterrados en el alma oscura de la ciudad. La Sombra del Viento es un misterio literario ambientado en la Barcelona de la primera mitad del siglo xx, desde los últimos esplendores del Modernismo hasta las tinieblas de la posguerra.

Con “La Sombra del Viento” Zafón fue conocido como escritor en todo el mundo. Se trata de un bestseller, por tanto, pero, al contrario de lo que se suele decir de estas novelas, no es ningún éxito prefabricado. La sombra del viento es la primera, seguida por “El Juego del Ángel”, “El Prisionero del Cielo” y por “El Laberinto de los Espíritus”. Cada uno de ellos puede leerse por separado su hilo conductor son los personajes, la ciudad y, por supuesto, el Cementerio de los Libros Olvidados.
Leí esta obra como una de esas lecturas escolares que tanto suelen odiar los alumnos. Por el contrario, yo la disfruté y descubrí a Carlos Ruíz Zafón (el que se convertiría en uno de mis autores referentes). Con la llegada de la esperada cuarta parte de la tetralogía “El Cementerio de los Libros Olvidados”, “El laberinto de los espíritus”, comencé la relectura de todas sus obras (cualquier excusa es buena).
“La Sombra del viento” empieza con una escena muy emotiva que ya te hace empatizar con dos de los personajes principales. Además de descubrir el paraíso en el que cualquier amante de la literatura desearía acabar. De hecho, toda la novela es un canto al amor por los libros. Son ellos los que reclaman atención y se convierten en el verdadero motivo de la narración.
Dentro de “La Sombra del viento” diferentes subtramas se entrelazan sin eclipsarse entre sí. Cada una de ellas te engancha y consigue que una vez empieces el libro no haya manera de dejar de leer. Incluso, he llegado a soñar con él. ¿Cuántas veces puedes leer un libro por primera vez? Gracias al paso de los años he vuelto a sorprenderme, a sonreír, a sufrir, a plantearme las dudas aun sabiendo que pasaría y, sobre todo, a disfrutar. Hay misterio, amor, comedia… todas las facetas están representadas. Zafón consigue atraparnos a través de ir desvelando poco a poco todas las intrigas. Un libro del que prefiero no contar más y dejar que lo descubráis por vosotros mismos. Para mí, un imprescindible, que seguiré releyendo cada poco tiempo. 

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia

Especial Zafón | Citas para recordar “Marina”

Siguiendo sus instrucciones, nos acomodamos en un discreto rincón elevado en el ala norte del recinto. Desde allí teníamos una buena visión del solitario cementerio. Nos sentamos en silencio a contemplar tumbas y flores marchitas. Marina no decía ni pío y, transcurridos unos minutos, yo empecé a impacientarme. El único misterio que veía en todo aquello era qué diablos hacíamos allí.

– Esto está un tanto muerto – sugerí, consciente de la ironía.
– La paciencia es la madre de la ciencia – ofreció Marina.
– Y la madrina de la demencia -repliqué-. Aquí no hay nada de nada.
Marina me dirigió una mirada que no supe descifrar.
– Te equivocas. Aquí están los recuerdos de cientos de personas, sus vidas, sus sentimientos, sus ilusiones, su ausencia, los sueños que nunca llegaron a realizar, las decepciones, los engaños y los amores no correspondidos que envenenaron sus vidas… Todo está aquí, atrapado para siempre.
La observé intrigado y un tanto cohibido, aunque no sabía muy bien de lo que estaba hablando. Fuera lo que fuese, era importante para ella.
– No se puede entender nada de la vida hasta que uno no entiende la muerte -añadió Marina.

– De cada mil personas que adquieren un cuadro o una obra de arte, sólo una de ellas tiene una remota idea de lo que compra -le explicaba Salvat, sonriente-. Los demás no compran la obra, compran el artista, lo que han oído y, casi siempre, lo que se imaginan acerca de él. Este negocio no es diferente a vender remedios de curandero o filtros de amor, Germán. La diferencia estriba en el precio.

El camino al infierno está lleno de buenas intenciones.

Habíamos llegado a la Barcelona encantada, el laberinto de los espíritus, donde las calles tenían nombre de leyenda y los duendes del tiempo caminaban a nuestras espaldas.

Aquella noche … me contó que él creía que la vida nos concede a cada uno de nosotros unos escasos momentos de pura felicidad. A veces son sólo días o semanas. A veces, años. Todo depende de nuestra fortuna. El recuerdo de esos momentos nos acompaña para siempre y se transforma en un país de la memoria al que tratamos de regresar durante el resto de nuestra vida sin conseguirlo.

Fui egoísta, quise tener un amigo… y creo que nos perdimos por el camino.

El tiempo no nos hace más sabios, solo más cobardes. Durante años he huido sin saber de qué. Creí que, si corría más que el horizonte, las sombras del pasado se apartarían de mi camino. Creí que, si ponía suficiente distancia, las voces de mi mente se acallarían para siempre.

Fuente Original Pensamientos De Adolescencia